Divulgación científica con Delibes de Castro
Pregunta. ¿Cómo se valoran hoy día las tareas de divulgación? ¿Tienen una buena aceptación por parte de los científicos?
Respuesta. El debate en la comunidad científica sobre esta cuestión se produce a veces sólo de forma tácita, pero evidentemente existe. En los treinta, treinta y tantos años que llevo investigando, ha habido, sin duda, un cambio muy notable. Al principio, divulgar se veía de una forma más bien peyorativa. E, incluso, los que nos dedicábamos a ello lo hacíamos con cierta sensación de culpa. La percepción ha ido cambiando y la divulgación está siendo cada vez más estimada. En parte por algo que creo que existe ya en todo el mundo: el convencimiento de que resulta muy importante que la conciencia de estos asuntos esté presente en los medios y la necesidad también de ‘vender’ la ciencia como un producto más. Esto ha hecho que la presencia en los medios de comunicación sea muy valorada. En el CSIC, por ejemplo, hacen unos resúmenes recogiendo la presencia en los medios de quienes trabajamos en el CSIC y, lógicamente, salen mucho más o salimos mucho más en los medios los que divulgamos o damos conferencias, que aquellos que se limitan a realizar su labor seria y callada en un laboratorio.
En algún lado leí que la ciencia estaba en el mercado, básicamente, desde el final de la Guerra Fría, y puede que sea así. En ese mundo bipolar, la investigación se llevaba a cabo en los dos bloques y ésta se financiaba con dinero público para no quedarse atrás y ser mejor que el otro. En el momento en el que los bloques desaparecen, deja de ser interesante invertir tanto en investigación y tenemos que ganárnoslo contactando directamente con la sociedad. Esto ha hecho, probablemente, junto a otros factores, que el debate, en mi opinión, esté ahora mismo más bien orientado a considerar que es positivo dedicarse también a la divulgación.
P. La importancia creciente que tiene la divulgación científica ¿puede encerrar alguna contrapartida, algún peligro?
R. ¿Peligro? Bueno, yo pienso que existe un riesgo aunque se trata de una percepción muy personal. Si la gente joven, muy brillante, en el momento de mayor actividad científica, interrumpe ese proceso para dedicarse a divulgar, creo que podría ser un inconveniente. En cambio, pienso que a otras edades, por ejemplo a la mía, cuando ya te tomas todo con mucha más tranquilidad, me parece que es una virtud centrarte en otros temas.
Por otra parte, creo que los científicos contamos también con una ventaja. Entendemos mejor lo que hacemos y somos capaces de contarlo mejor que un mediador, que un comunicador. Pero el inconveniente, por otro lado, radica en que las labores de comunicación son cada vez más profesionales. Y ser profesional de dos cosas a la vez, hoy día, resulta muy difícil, muy complicado.
P. ¿Se realizan actividades para formar a los profesionales de los medios, para salvar esa laguna que hay entre la ciencia y los trabajos de divulgación?
R. No, creo que no. Imagino que se está refiriendo más a formar a la prensa, a los medios; no a acercar a los científicos al periodismo, sino a hacer más científicos a los periodistas. Pienso que sí ha habido alguna iniciativa, desde luego no exclusivamente relacionada con el medio ambiente. En el CSIC han sacado durante años las becas de comunicación científica. Yo he tenido, y tengo, varias amigas periodistas, que lo son porque han pasado varias temporadas en Doñana para aprender lo que hacíamos y para aprender cómo contarlo, y que luego, veinte años después, te siguen llamando cuando tienen alguna duda sobre lo que van a publicar.
En el CSIC, por tanto, sí se puede decir que había una escuela de periodismo científico. Hay además una escuela de El País, en la que colabora ENRESA (una empresa de residuos radioactivos), y que este año creo que imparte seminarios de formación para periodistas ambientales. Es como una universidad de verano, pero para periodistas ‘rigurosos’, que entiendan que el residuo radioactivo debe estar bien guardado, y que eso es ecológicamente plausible, mientras que no hacer un cementerio de residuos resulta una opción peor.
P. ¿Hay en Hispanoamérica contribuciones semejantes a la suya a la hora de divulgar los temas medioambientales?
R. Quizás, en el caso de Hispanoamérica, deberíamos hablar más bien de divulgación de la ciencia en general. En el aspecto científico, tanto México como Argentina, por lo menos en algunas etapas de su historia reciente, han sido mucho más potentes que nuestro país. España ha mejorado mucho por el contexto en el que estamos y porque se ha hecho un esfuerzo grande en los últimos veinticinco años. Pero, antes de esto, los hombres de ciencia en Hispanoamérica eran más competentes que nosotros, y realizaban muy buenas tareas de divulgación científica.
Recuerdo ahora, por ejemplo, un médico argentino, fisiólogo, Marcelino Cereijido, autor de varios libros sobre la historia de la ciencia reciente en su país. Entre sus obra destaca La nuca de Houssay. Houssay era un médico argentino, premio Nobel, con el que Cereijido trabajó. Y recuerdo también un libro de José Sarukhán, Las musas de Darwin, editado por el Fondo de Cultura Económica con motivo del bicentenario de Darwin.
Quizás las obras relacionadas con el medio ambiente, semejantes a las que yo he escrito, resultan un tanto más lejanas, extrañas, en Hispanoamérica. Se diría que se trata de un problema que se percibe como vinculado más bien al Primer Mundo. Cuando yo escribí La naturaleza en peligro, varios amigos lo llevaron a Sudamérica y a Hispanoamérica, a diferentes universidades, porque no había nada escrito por un autor, directamente en español, y les parecía un libro muy novedoso.
P. En el mundo más desarrollado desde el punto de vista económico sí parece que se han producido grandes avances al menos a la hora de trasmitir los problemas medioambientales a la opinión pública. ¿Cuál es su opinión?
R. Sí, la verdad es que se ha producido un gran cambio. Cuando me esfuerzo por ser optimista, optimista de voluntad, uno de los argumentos que siempre saco a colación son las diferencias que se pueden observar si comparamos la situación de la primera Cumbre de Estocolmo, en 1972, con la situación actual, donde todo el mundo habla de esto y los países tienden a tener ministerios de medio ambiente, consejerías o vicerrectorados de sostenibilidad en las universidades. Quizás si cambiara tanto en los próximos setenta años, habría que procurar que no sólo hubiera modificaciones en el aspecto más epidérmico, en pretender trasmitir la sensación de estar preocupados, sino sobre todo en los hábitos.
Es cierto que en todo este crecimiento hay mucho de moda, lo cual a mí me preocupa un poco. Ahora, cuando llega el momento de la crisis y afirmas que ya hay ministerios de medio ambiente, puede ocurrir precisamente que desaparezcan. En todos lados se dice que lo que hay que hacer es producir y, bueno, lo que no se pueda contabilizar en puestos de trabajo, en pesetas o en euros parece que no cuenta, que no existe, y tienes la impresión de que lo logrado no era algo tan consistente como yo pensaba.
La comunidad científica tiene que abrirse a la prensa. Pero ¿qué factores, qué hechos o qué obras cree que han sido decisivos para que también los medios de comunicación empiecen a interesarse por las cuestiones medioambientales hasta convertirla en una sección habitual?
R. Desde luego se ha trabajado mucho para que así ocurriera. Los científicos en esto han tenido o hemos tenido un papel importante. Todo empezó hacia 1950. Y entre 1950 y 1980 encontramos ya un montón de estudios sueltos, dispersos, de científicos que se preocupaban por el medio ambiente. Ahí está, por ejemplo, un libro clave, La primavera silenciosa, de Rachel Carson. En el año 2000 se hizo una encuesta en E.E.U.U. preguntando por el libro más influyente de la segunda mitad del siglo XX, y ganó abrumadoramente esta obra. Raquel Carson era oceanógrafa, bióloga marina. Empezó a ver que se morían los pájaros de su jardín con los insecticidas, se puso a trabajar y escribió un libro demoledor. El título es significativo: la primavera se ha vuelto silenciosa porque no hay pájaros. La obra provocó una polémica enorme porque entonces el negocio del DDT estaba en alza. La desprestigiaron, pero el presidente Kennedy ordenó una encuesta, para averiguar si su tesis era cierta o no. Los científicos acreditaron que sus ideas parecían ser verdaderas y se creó la Agencia Ambiental Americana, la cual ejerció un amplio liderazgo en el mundo. Y todo ello como consecuencia de un libro escrito por una científica.
Luego surgieron otros libros importantes. Antes de que la naturaleza muera (1964), escrito por Jean Dorst, sobre la situación de los parques nacionales en el mundo. Charles S.Elton publicó The Ecology of Invasions by Animals and Plants (1958), en el que señalaba que hay invasiones peores que las invasiones militares. Destacó también la obra de Paul R. Ehrlich, La bomba de población (1968), en la que se apuntaba el peligro que suponía el crecimiento de la población, y que originó, en 1972, el Informe Meadows, En torno a los límites del crecimiento. A pesar de sus errores, al ser encargado al Instituto Tecnológico de Massachussetts, la obra generó una gran polémica e influyó desde luego en los gobiernos.
El desarrollo de los estudios medioambientales desde los ochenta ha sido espectacular. Desde que nace la biología de la conservación hasta el momento actual, se ha convertido en un campo de investigación muy activo. Ahora quizá, haya 20 ó 30 revistas científicas internacionales de medio ambiente, sumamente citadas, como Biological Conservation, Conservation Biology, o las posteriores, Biodiversity and Conservation, Animal Conservation. Se trata de publicaciones cuyo índice de impacto no para de subir y que superan a todas las tradicionales, en las que yo publicaba de joven y que eran de zoología o revistas como Wildlife Management.
A todo esto se ha unido las Cumbres como la de Río, en 1992, en la que figuraban ya más de 150 presidentes o jefes de estado. Y el punto final ha venido, sin duda, con Al Gore.
En todo este proceso los científicos han tenido un papel muy importante. En La Tierra herida yo ‘discuto’ con mi padre. “Es que los científicos no hacéis nada”, me dice. Y yo le respondo: “bueno, los científicos decimos lo que creemos que pasa, pero eso luego lo tienen que hacer otros”. Pues bien, lo que se ha hecho yo pienso que ha sido como una respuesta dada al trabajo de los científicos.
P. Hoy se habla mucho de biodiversidad. ¿Qué le parece el término?
R. Para explicarlo, quizás convendría retroceder un poco en el tiempo. Hacia 1980 los científicos se reunieron en una sociedad de biología de la conservación. A veces los teóricos nos dicen que eso no es una disciplina científica, nos preguntan por qué la biología de la conservación es diferente. Y los que la crearon responden lo siguiente: “porque una masa crítica de expertos nos hemos puesto de acuerdo en decir que somos biólogos de la conservación, que existe un problema global, mundial, y que lo queremos abordar con nuestros conocimientos, que deben ir más allá de la biología e incluye la comunicación, la economía y otros muchos asuntos”. De este modo, los científicos crean la Sociedad de Biología de la Conservación y, a partir de ese momento, se produce una bola de nieve que va creciendo. Y que se vende bien. En esto la comunicación ha sido esencial, pues conservation biology se convierte en una frase hecha, la biología de la conservación, en una expresión que se entiende muy bien.
Poco después, surge biodiversidad, un término, en cierto modo, de marketing, de mercado, pues se trataba de buscar una palabra que se dijera igual o de forma parecida en francés, inglés, alemán, italiano, español, y que fuera sólo una, y que la gente lo pudiera asociar inmediatamente a problemas ambientales. Así surge biodiversidad. La usó por vez primera Edward O. Wilson en una publicación, aunque se lo sugirió otra persona. Wilson llamó Biodiversity a un libro que editaba, y dos ó tres años después, en la Cumbre de Río, todo el mundo hablaba ya de biodiversidad.
P. Aparte de los libros o las revistas, habría hoy que tener en cuenta el género de los documentales y su importancia a la hora de transmitir unas ideas. Algunos documentales, ¿le han llamado especialmente la atención?
R. Muchos. Me parece, incluso, que en los temas de medio ambiente hay tal cantidad de documentales, y tan buenos, que se desdibujan y se mezclan en la memoria. La gente muchas veces ya no sabe quién lo ha hecho. Pienso ahora en ese tópico español de hablar de ‘los documentales de la 2’, aunque luego sean de National Geographic y salgan en Canal +.
A mí, en el tema de los documentales, lo que más me preocupa es que estamos hablando de una cultura ‘fácil’, lo cual supone, en parte, una ventaja pues permite un consumo inmediato. Pero hay tal riqueza, por otra parte, en este terreno, que el problema es más de exceso, de que puedas llegar a decir “pues otro más”, y que ya no te lleguen a emocionar, a pesar de que se han hecho pensando sobre todo en conmover.
Creo, en fin, que los documentales son muy importantes porque llegan a la gente. En España, por ejemplo, fue Rodríguez de la Fuente el que cambió la sensibilidad de los españoles con la televisión, aunque luego éstos compraran los fascículos, en los que yo trabajaba. Pero lo que cambió la mentalidad fue lo que la gente veía. Lo que se consumía con facilidad era ya la televisión.
Ahora bien, los documentales tienen el inconveniente de que son muy superficiales. No quiero decir que lo sean en sus contenidos, sino que sólo rascan la superficie del que los usa. En este sentido, para educar, pienso que el libro es un arma más poderosa. Podríamos decir que los libros profundizan más, pero que los documentales son los que abren los caminos. En definitiva, creo que los documentales, en gran medida, han servido para sensibilizar a la sociedad, pero que para educarla haría falta o cambiar los documentales -lo cual se empieza a hacer- o publicar más libros y tratar de conseguir que la gente leyera más, algo que resulta complicado.
P. Me gustaría hacerle al menos una pregunta sobre el libro publicado con su padre, La Tierra herida. ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? ¿Cómo surge el libro?, ¿por qué deciden presentarlo como una conversación que mantienen los dos autores?
R. La verdad es que a mí me cuesta escribir. Me cuesta porque ejerzo una fuerte autocensura. Quiero siempre que estén muy bien, quizá por ser hijo de escritor. La naturaleza en peligro, por ejemplo, me llevó mucho tiempo escribirlo, aunque disfruté haciéndolo.
En este caso, hablo ahora de La Tierra herida, me llamó mi padre y me dijo que le habían sugerido que hiciéramos juntos un libro, y que a él la idea le gustaba. Cuando lo hicimos, mi padre tenía más de 80 años y llevaba tiempo sin escribir. Había tenido contratiempos de salud. Escribir este libro le hacía ilusión y, por lo tanto, a mí también. De hecho creo que pasó una temporada, los meses que lo hicimos, muy animado. Me contaban mis hermanos “pues va canturreando por ahí, hacía tiempo que no le veíamos así…”
No estoy seguro de cómo surgió la idea de escribir el libro. Quizá le pidieron a él una actualización de su discurso de ingreso en la R.A.E., en los años setenta. Quizás él debió decir que no tenía conocimientos ni estaba al día, y que era yo el que sabía de este tema. En la editorial probablemente le propusieron hacerlo a medias. Lo cierto es que nos pusimos de acuerdo los dos para indicar que, desde luego, lo hacíamos nosotros sin necesidad de contar con un periodista o un transcriptor.
Empezamos grabando en agosto, en las vacaciones de verano, y de hecho yo me dedicaba a transcribir. Pero pasar la charla a un ordenador resultaba lentísimo, y decidimos hablar del tema, que yo tomara unas notas y sobre ellas esbozar las preguntas y respuestas, y corregir.
Fue una conversación muy franca, donde a veces nos peleamos y yo me esforcé por mantener esas discrepancias. “No irás a poner eso”, me comentaba; y yo le replicaba “pues sí, lo debemos poner porque para llegar a la gente, tenemos que decir que nosotros somos igual que ellos, que tenemos las mismas dudas y no escribirlo desde un plano superior”. Dejamos, en fin, muchísimo redactado en ese mes de agosto y hablado todo. Yo me llevé a Sevilla lo que teníamos, acabé de escribir lo que habíamos hablado en septiembre-octubre, y en noviembre ya se lo dimos al editor.
Fuente: Revista electrónica TONOS
