La sostenibilidad se ha convertido en una de las palabras más utilizadas de nuestro tiempo. Precisamente por eso, también es una de las más difíciles de definir. Volver a su significado original es el primer paso para comprender los grandes retos del presente.
Un concepto que parece explicarlo todo
Hay palabras que alcanzan tal relevancia social que terminan formando parte del lenguaje cotidiano. La sostenibilidad es una de ellas. Está presente en las políticas públicas, en las estrategias empresariales, en los proyectos europeos, en la publicidad y hasta en las conversaciones del día a día. Hablamos de turismo sostenible, de movilidad sostenible, de agricultura sostenible o de empresas sostenibles con la misma naturalidad con la que hablamos de innovación o de calidad.
Sin embargo, esa popularidad encierra una paradoja. Cuanto más utilizamos una palabra, más fácil resulta olvidar lo que realmente significa. Si preguntáramos a un grupo de personas qué entienden por sostenibilidad, probablemente obtendríamos respuestas muy distintas. Unos hablarían del cambio climático; otros, del reciclaje, de la economía circular o de las energías renovables. Todas esas respuestas contienen parte de la verdad, pero ninguna consigue explicar por sí sola qué es realmente la sostenibilidad.
Con el paso del tiempo, el concepto se ha ido reduciendo hasta asociarse casi exclusivamente con las cuestiones ambientales. Es una asociación lógica, porque el deterioro de los ecosistemas constituye uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, pero también es insuficiente. La sostenibilidad no nació para hablar únicamente de la naturaleza. Nació para responder a una pregunta mucho más profunda: ¿cómo puede un sistema mantenerse en el tiempo sin destruir las condiciones que hacen posible su propia existencia?
La capacidad de perdurar
Esta idea puede parecer abstracta, pero está presente en todos los sistemas vivos. Un bosque no permanece igual año tras año. Los árboles crecen, envejecen y mueren; unas especies sustituyen a otras; aparecen incendios, sequías o tormentas que alteran su estructura. Sin embargo, mientras conserve las funciones ecológicas que lo caracterizan, el bosque sigue siendo bosque. Su sostenibilidad no reside en permanecer inmóvil, sino en su capacidad para adaptarse sin perder aquello que le permite seguir existiendo.
Lo mismo ocurre con un río, con una explotación agraria, con una empresa o con una sociedad. Todos evolucionan constantemente. Todos cambian. Lo verdaderamente importante no es impedir esa transformación, sino asegurar que no comprometa los recursos, las relaciones y los procesos de los que depende su futuro. En ese sentido, la sostenibilidad no describe un estado estático, sino una capacidad: la de seguir funcionando sin agotar las bases que hacen posible ese funcionamiento.
Mucho más que medio ambiente
Quizá uno de los mayores errores al hablar de sostenibilidad sea pensar que pertenece exclusivamente al ámbito ambiental. En realidad, la naturaleza es solo una parte de una realidad mucho más amplia. La sostenibilidad también tiene que ver con la economía, con la cultura, con la educación, con la salud, con la innovación, con la gobernanza o con la cohesión social.
Todos esos elementos forman parte de un mismo sistema. La economía depende de los recursos naturales. La sociedad depende de una economía capaz de generar bienestar. Y ambas necesitan instituciones, conocimiento y cultura para adaptarse a un mundo en permanente transformación.
Por eso resulta tan difícil abordar los grandes retos actuales desde una única disciplina. El cambio climático, la despoblación rural, la pérdida de biodiversidad o la seguridad alimentaria no son problemas aislados. Son manifestaciones distintas de un mismo sistema complejo en el que todo está relacionado.
Una forma diferente de hacer preguntas
La sostenibilidad no consiste únicamente en encontrar soluciones; consiste, sobre todo, en aprender a formular mejores preguntas.
Cuando evaluamos un proyecto no basta con preguntarse cuánto empleo genera o cuánto crecimiento económico produce. También es necesario preguntarse qué recursos consume, qué impactos provoca, qué consecuencias tendrá dentro de veinte o treinta años y si fortalece o debilita el territorio en el que se desarrolla.
Del mismo modo, una innovación no debería medirse únicamente por su capacidad para aumentar la productividad, sino también por su contribución al bienestar colectivo, a la conservación del patrimonio natural o a la resiliencia de la sociedad frente a los cambios futuros.
Pensar de esta manera exige abandonar las respuestas simples. Obliga a reconocer que las decisiones tienen efectos que van mucho más allá de su objetivo inmediato y que cada acción modifica, de una forma u otra, el equilibrio del conjunto.
Prosperar sin destruir las bases de la prosperidad
En Fundación Galicia Sustentable entendemos la sostenibilidad como una manera de interpretar el mundo. No parte de la idea de conservar por conservar, ni de crecer por crecer. Parte de una pregunta mucho más importante: ¿cómo podemos construir una sociedad próspera sin deteriorar aquello que hace posible esa prosperidad?
Responder a esa cuestión implica hablar de naturaleza, pero también de economía. De agricultura y de industria. De ciudades y de medio rural. De innovación, de cultura, de educación y de participación social.
Porque la sostenibilidad no es un sector, ni una política concreta, ni una tecnología. Es una forma de comprender la realidad. Una invitación a pensar en el largo plazo, a reconocer las relaciones que existen entre todas las dimensiones del desarrollo y a asumir que el verdadero progreso no consiste únicamente en producir más, sino en garantizar que las generaciones futuras dispongan de las mismas oportunidades para construir su propio bienestar.
Quizá, después de todo, esa sea la definición más sencilla y, al mismo tiempo, la más exigente de la sostenibilidad.



