Esta revista nace para pensar Galicia con tiempo y con voces que no siempre van a coincidir. La Fundación Galicia Sustentable la impulsa y da un paso atrás: el protagonismo es de quien ya está cambiando el territorio.
El monte gallego nunca estuvo tan verde, y eso debería preocuparnos. Ese verde es la huella del abandono: Galicia es hoy un 73% forestal y apenas un 22% agrario, y la masa forestal crece porque el campo se vacía. Pero esa es solo la mitad de lo que pasa.
En la otra mitad hay cooperativas que recuperan tierras paradas, cofradías que gestionan los caladeros para que se regeneren, escuelas rurales que devuelven el gallego a las aulas, panaderías que vuelven al trigo del país. El movimiento existe. Lo que falta es un debate público a su altura.
La cobertura habitual de Galicia oscila entre dos extremos: el decorado para el turismo o la crónica del declive demográfico. Entre ellos queda un territorio vivo y contradictorio que ningún medio con prisa puede contar. Esta revista quiere ocupar ese hueco, sin optimismo verde y sin catastrofismo.
Lo digo como director de la fundación que la pone en marcha: la revista no es la portavoz de la Fundación Galicia Sustentable. La fundación aporta la infraestructura y parte de la financiación, y luego se retira de lo que se escribe. La línea editorial es autónoma, los autores firman sus piezas y responden de ellas, y quien nos lea encontrará textos críticos con actores con los que la fundación colabora en otros contextos. El cambio es cosa de las personas, sus comunidades, las cofradías, las asociaciones, los ayuntamientos y las cooperativas que ya lo ensayan. La revista escucha, contrasta y ordena.
La mirada es de postcrecimiento, y conviene que nos expliquemos. La prosperidad viene de cumplir mejor lo básico (alimentar, habitar, cuidar, trabajar con sentido) dentro de los límites del planeta y con un reparto justo entre generaciones, y no de producir cada año un poco más. Eso no significa austeridad. La diferencia está en cómo definimos el «bien»: el bienestar se mide por algo distinto de la producción y el consumo.
Tener esta mirada ya es una posición, y no vamos a fingir neutralidad. Pero una posición no es un eslogan. Vamos a entrar en los debates espinosos (el eucalipto, los parques eólicos, el suelo que se disputa) y a contarlos con sus tensiones y sus decisiones políticas, sin vender soluciones verdes y sin alinear la revista con una consigna previa. Distinguir matices cuesta más que polarizar, y es lo que vamos a intentar.
Cuando miramos una iniciativa nos preguntamos si sostiene una vida digna sin depender de crecer sin fin, si devuelve a la tierra lo que le quita, si decide de forma colectiva y si hace que la gente quiera quedarse. Lo tercero, decidir entre todos, es lo que más falla, y es donde vamos a insistir.
Galicia, por lo que es, tiene condiciones poco comunes para ensayar este modelo, y ya lo está haciendo en muchos sitios pequeños. La conversación sobre qué hacer con el país es de mucha gente, y rara vez coincide. Lo que esta revista ofrece es tiempo y rigor para tenerla bien. La empezamos aquí.



