Con frecuencia hablamos de la naturaleza como si fuera algo ajeno a nuestra vida cotidiana, como si existiera un mundo natural separado de las ciudades, de las empresas o de la economía. La realidad es exactamente la contraria. La biodiversidad, los bosques, los ríos y los ecosistemas sostienen una parte esencial de nuestro bienestar, aunque muchas veces pase desapercibida. Comprender esa dependencia es uno de los grandes desafíos de la sostenibilidad.
La naturaleza siempre ha estado ahí
Hay algo fascinante en la naturaleza: funciona sin reclamar protagonismo.
Mientras debatimos sobre economía, política o tecnología, los ríos siguen transportando agua, los insectos continúan polinizando las plantas, los hongos descomponen la materia orgánica, los suelos regeneran nutrientes y los bosques regulan la humedad, la temperatura y el ciclo del agua. Son procesos silenciosos que llevan millones de años desarrollándose y de los que depende buena parte de nuestra existencia.
Quizá por eso resulta tan fácil ignorarlos. Solo somos realmente conscientes de su importancia cuando dejan de funcionar.
La escasez de agua, la erosión de los suelos, los incendios forestales, la pérdida de biodiversidad o el aumento de las temperaturas no son fenómenos aislados. Son señales de que algunos de los sistemas naturales que sostienen nuestra sociedad están perdiendo la capacidad de desempeñar las funciones que durante siglos dimos por sentadas.
No vivimos sobre la naturaleza. Vivimos dentro de ella.
Uno de los mayores errores de la cultura moderna ha sido pensar que la naturaleza era el escenario sobre el que se desarrollaba la actividad humana. Como si primero existiera el medio natural y, sobre él, construyéramos ciudades, industrias o infraestructuras.
En realidad ocurre exactamente lo contrario.
La economía existe porque existen recursos naturales. La agricultura depende de la fertilidad del suelo, del agua y de los polinizadores. La industria necesita materias primas y energía. Nuestra salud depende de la calidad del aire, del agua y de los alimentos. Incluso la tecnología más avanzada requiere minerales, metales y ecosistemas capaces de absorber parte de los impactos que generamos.
No vivimos junto a la naturaleza.
Vivimos dentro de un sistema natural extraordinariamente complejo que hace posible todo lo demás.
Olvidarlo no cambia esa realidad. Simplemente hace que tomemos peores decisiones.
La biodiversidad es mucho más que una lista de especies
Cuando hablamos de biodiversidad solemos pensar en especies amenazadas o en espacios naturales protegidos. Es una imagen comprensible, pero incompleta.
La biodiversidad no es simplemente el número de especies que habitan un territorio. Es la inmensa red de relaciones que existe entre ellas y que permite que los ecosistemas funcionen.
Un bosque no depende únicamente de los árboles. Depende también de los hongos que viven asociados a sus raíces, de los insectos que polinizan las plantas, de las aves que dispersan semillas, de los microorganismos que mantienen vivo el suelo y de miles de interacciones invisibles que hacen posible el equilibrio del conjunto.
Cuando una de esas piezas desaparece, el sistema rara vez colapsa de inmediato. Sin embargo, pierde parte de su capacidad para adaptarse a los cambios y responder a nuevas perturbaciones.
Algo parecido sucede con una sociedad. Su fortaleza no depende únicamente de las personas que la integran, sino también de las relaciones que establecen entre ellas.
En la naturaleza ocurre exactamente lo mismo.
Los bosques y los ríos producen mucho más de lo que imaginamos
Durante mucho tiempo valoramos los ecosistemas casi exclusivamente por aquello que podíamos extraer de ellos. La madera, la pesca, la caza o la producción agrícola parecían resumir todo su valor.
Hoy sabemos que esa visión era demasiado limitada.
Un bosque produce madera, pero también captura carbono, regula el clima local, favorece la infiltración del agua, protege los suelos frente a la erosión, alberga biodiversidad y contribuye al bienestar físico y emocional de las personas.
Un río no es únicamente un cauce por el que circula el agua. Es un corredor ecológico que conecta territorios, mantiene hábitats, recarga acuíferos, transporta nutrientes y sostiene innumerables formas de vida.
La naturaleza genera continuamente bienes y servicios que apenas aparecen reflejados en las cuentas económicas, pero sin los cuales nuestra sociedad simplemente no podría funcionar.
Conservar no significa dejar de utilizar
Existe la idea de que conservar la naturaleza implica impedir cualquier actividad humana. Es una visión que rara vez responde a la realidad.
Muchas de las paisajes que hoy consideramos de mayor valor ecológico son el resultado de siglos de interacción entre las personas y el territorio. Dehesas, prados, castañares, sistemas tradicionales de regadío o montes comunales son ejemplos de espacios donde la actividad humana y los procesos naturales han evolucionado conjuntamente.
El verdadero reto no consiste en elegir entre conservar o utilizar.
Consiste en aprender a utilizar sin degradar.
Eso exige conocimiento, planificación y una visión a largo plazo. Significa comprender que los recursos naturales no son infinitos, pero también reconocer que los ecosistemas poseen una extraordinaria capacidad de regeneración cuando se respetan sus procesos ecológicos.
La sostenibilidad no busca detener la actividad humana. Busca hacer compatible esa actividad con la conservación de las funciones naturales de las que depende.
Galicia, un patrimonio natural excepcional
Pocos territorios europeos concentran una diversidad ambiental comparable a la de Galicia.
La influencia del océano Atlántico, la variedad del relieve, la abundancia de ríos y la riqueza de hábitats han dado lugar a un patrimonio natural extraordinario. Desde los acantilados costeros hasta los bosques atlánticos, pasando por humedales, sistemas dunares, montañas o valles agrícolas, Galicia alberga una enorme diversidad de ecosistemas en un territorio relativamente reducido.
Ese patrimonio representa mucho más que un valor ambiental.
Constituye una oportunidad para construir un modelo de desarrollo basado en la calidad de los recursos naturales, la bioeconomía, la investigación, el turismo de naturaleza, la producción agroalimentaria y la innovación vinculada a los servicios ecosistémicos.
Pero también supone una enorme responsabilidad.
La riqueza natural no está garantizada para siempre. Necesita ser comprendida, gestionada y cuidada.
El futuro también se decide en los ecosistemas
Muchos de los grandes desafíos del siglo XXI están directamente relacionados con la naturaleza.
El cambio climático, la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua, la salud pública o la capacidad de adaptación frente a fenómenos extremos no podrán resolverse únicamente mediante nuevas tecnologías. También necesitarán ecosistemas capaces de seguir desempeñando las funciones que llevan realizando desde mucho antes de la aparición de nuestra especie.
En Fundación Galicia Sustentable entendemos la naturaleza como la infraestructura más importante del territorio. No solo porque sea bella o porque merezca ser conservada por razones éticas, sino porque de ella depende nuestra prosperidad presente y futura.
Cada bosque, cada río, cada suelo fértil y cada especie forman parte de un sistema extraordinariamente complejo que sostiene la vida. Cuidarlo no es una cuestión exclusivamente ambiental. Es una decisión estratégica para cualquier sociedad que aspire a tener futuro.
Porque, al final, cuando hablamos de naturaleza nunca estamos hablando únicamente de la naturaleza.
Estamos hablando de las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia.
