Más de la mitad de la humanidad vive ya en entornos urbanos, y la tendencia sigue creciendo. Las ciudades y las villas concentran actividad económica, innovación y servicios, pero también buena parte de los desafíos relacionados con la vivienda, la movilidad, la desigualdad o el cambio climático. Pensar el futuro de las ciudades significa, inevitablemente, pensar también en el futuro del territorio que las rodea.
Las ciudades nunca han existido solas
A menudo hablamos de las ciudades como si fueran sistemas independientes, capaces de funcionar por sí mismas. Sin embargo, basta con observarlas con un poco más de atención para descubrir que esa autonomía es una ilusión.
El agua que abastece nuestras viviendas nace lejos de las calles. Los alimentos que llegan a los mercados se producen, en su mayoría, fuera de las áreas urbanas. La energía, los materiales de construcción o buena parte de los recursos que hacen posible la vida en una ciudad proceden de otros lugares.
Las ciudades no viven aisladas.
Viven gracias a una compleja red de relaciones con el territorio que las rodea.
Comprender esa dependencia es fundamental para construir un urbanismo verdaderamente sostenible.
Urbanizar no consiste solo en construir
Durante mucho tiempo el urbanismo se asoció principalmente a la expansión de las ciudades. Construir nuevas viviendas, abrir calles, desarrollar polígonos industriales o crear nuevas infraestructuras parecía ser el principal indicador del progreso urbano.
Hoy sabemos que esa visión resulta insuficiente.
La calidad de una ciudad no depende únicamente del número de edificios que alberga, sino de la forma en que esos espacios favorecen la convivencia, reducen los desplazamientos innecesarios, incorporan naturaleza, facilitan el acceso a los servicios y mejoran la calidad de vida de las personas.
Una buena ciudad no es necesariamente la más grande.
Es aquella que funciona mejor para quienes la habitan.
La vivienda es mucho más que un inmueble
Pocos asuntos condicionan tanto el proyecto de vida de una persona como el acceso a una vivienda.
Disponer de un hogar no significa únicamente tener un techo. Significa poder emanciparse, formar una familia, desarrollar una actividad profesional o construir vínculos con la comunidad.
Cuando la vivienda deja de ser accesible, toda la ciudad cambia.
Los jóvenes retrasan su emancipación, determinados barrios pierden diversidad social, aumenta la presión sobre el transporte y muchas personas se ven obligadas a vivir cada vez más lejos de los lugares donde trabajan.
La sostenibilidad también consiste en garantizar ciudades donde sea posible vivir, y no únicamente invertir.
La movilidad determina nuestra forma de vivir
La manera en que nos desplazamos condiciona buena parte de nuestra vida cotidiana.
Determina el tiempo que dedicamos al trabajo, el acceso a los servicios, la contaminación que generamos e incluso la forma en que nos relacionamos con el espacio público.
Durante décadas diseñamos ciudades pensando principalmente en el automóvil. Ese modelo permitió ampliar la movilidad, pero también favoreció la expansión urbana, aumentó la dependencia del vehículo privado y redujo el espacio destinado a las personas.
Hoy el reto consiste en recuperar el equilibrio.
Caminar, utilizar la bicicleta, mejorar el transporte público o diseñar ciudades más compactas no responde únicamente a criterios ambientales.
También significa crear espacios más saludables, más seguros y más agradables para vivir.
La naturaleza también forma parte de la ciudad
Con frecuencia imaginamos la naturaleza como algo que existe fuera de los entornos urbanos.
Sin embargo, una ciudad también es un ecosistema.
Los árboles reducen la temperatura durante las olas de calor. Los parques mejoran la salud física y mental. Las zonas verdes favorecen la infiltración del agua, reducen el riesgo de inundaciones y contribuyen a mantener la biodiversidad. Incluso pequeños espacios naturales pueden desempeñar un papel importante en la calidad ambiental de una ciudad.
Incorporar naturaleza al urbanismo no es una cuestión estética.
Es una forma de construir ciudades más resilientes frente al cambio climático y más confortables para las personas.
Las villas también desempeñan un papel esencial
Con demasiada frecuencia el debate urbano se centra exclusivamente en las grandes ciudades.
Sin embargo, Galicia es un país de villas.
Muchas de ellas actúan como centros de servicios, actividad económica y vida comunitaria para amplias áreas rurales. Concentran comercio, educación, sanidad, cultura y administración, convirtiéndose en el principal punto de encuentro entre el mundo urbano y el rural.
Fortalecer las villas significa fortalecer también el medio rural.
Porque un territorio equilibrado necesita una red diversa de ciudades, villas y núcleos rurales que colaboren entre sí, en lugar de competir.
Las ciudades del futuro también deben pensar en el territorio
Los grandes desafíos urbanos —el acceso a la vivienda, la movilidad, la adaptación al cambio climático o la eficiencia energética— no pueden resolverse exclusivamente dentro de los límites municipales.
Las decisiones que toma una ciudad afectan al territorio que la rodea, del mismo modo que la forma de gestionar ese territorio condiciona el funcionamiento de la ciudad.
Por eso resulta imprescindible avanzar hacia una planificación integrada que supere las fronteras administrativas y comprenda el territorio como un único sistema.
La sostenibilidad urbana no depende solo de la ciudad.
Depende de la relación que esta establece con su entorno.
Ciudades para vivir mejor
En Fundación Galicia Sustentable entendemos que las ciudades y las villas forman parte de la solución a los grandes desafíos de nuestro tiempo. En ellas se concentran talento, innovación, servicios y capacidad para impulsar transformaciones profundas. Pero también concentran consumo de recursos, emisiones y desigualdades que debemos afrontar con decisión.
El objetivo no debería ser construir ciudades más grandes ni más densas por sí mismas.
Debería ser crear lugares donde resulte más fácil vivir bien, acceder a una vivienda, desplazarse con comodidad, disfrutar del espacio público y mantener una relación equilibrada con la naturaleza y con el territorio que hace posible la vida urbana.
Porque las ciudades más sostenibles no son las que más crecen.
Son las que mejor cuidan de las personas y del territorio que las sostiene.



